lunes, 31 de diciembre de 2012

De vientos y corrientes literarias




El viento soplaba de levante. Era uno de esos días que los aviones debían salir al revés. No me refiero a que despegaban de cola sino que salían de sur a norte, mirando a los Pirineos. El viento tiene el sambenito de ser una fábrica de locos, una factoría de artistas locos
-Doctor, no lo tome a mal, si no fuera por el viento su jardín de peonias sería un tiesto con geranios.
-Usted está realmente loco, caballero


I. En “Quién soy yo”, Bohumil Hrabal escribe sobre el fóhn, el viento de otoño que en Baviera sopla sólo una semana en octubre y una semana en febrero mientras que en Praga sopla siempre, «por lo menos para mí. Y me trae el complejo de haber hecho una buena, de haber matado a alguien, de haber cometido un gran crimen, aunque soy completamente inocente.»

II. Leo en “El mal de Montano” de Enrique Vila-Matas, que la madre de Jules Verne «tenía un nombre que parece casi una corriente de aire: Sophie Allote de la Fuye.»

III. «-En Sicilia –comenta Patrizia-, cuando el sirocco empieza a soplar todo el mundo se encierra en sus palacios.


Me ve enarcar una ceja y matiza con una risita voluble:

-En fin, los que tienen palacio.»    Ignacio Vidal-Folch , “Lo que cuenta es la ilusión”

IV. A veces, cuando sopla la bora, me siento en un bar y empiezo a contar mientras los veo pasar: el loco de la esquina; el que perdió la razón al levantar la voz y al que, por seguir una sandía que rodaba calle abajo, llamaron “corazón triste de sandía”.

Este último, el número cuatro, según mis cuentas, era el más melancólico y así le diagnosticaron: ”alicaído con querencia a las pendientes, cuanto más inclinadas mejor”.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Rue Greneta, 1954



Lo asomaban un poco a la calle. De esa manera, la sensación del pajarillo era más profunda, más arrolladora; como cuando a un niño le regalan una piruleta y piensa que el mundo debe de ser así: dulce como una fresa gigante.



domingo, 9 de diciembre de 2012

Seres raros merodean por los libros (I)



Pude ver a mi hostelera cuando me dirigía a la Oficina Censal de Praga. Estaba sentada tras el mostrador, anotando, una y otra vez, los nombres de los clientes que aquella noche nos habíamos hospedado en el hostal. Cuando llegaba al final de una hoja, empezaba con la siguiente. De repetirlos infinitamente había conseguido ocupar todas las habitaciones: un lleno total. Todas las noches, cuando me dispongo a subir a mi habitación, le pregunto si me ha dejado unas cuartillas sobre la mesita. Siempre asiente. En ellas anoto todos los personajes particulares, monstruosos, originales pero secundarios de la literatura. Uno tras otro, y cuando llego al final de una hoja, empiezo con la siguiente.
 
«¡Un monstruo! Pero le miré a los ojos y sostuve su mirada toda la noche.»  Franz Kafka

I. Cuando Magris llegó a Sopron se fijó, cerca del museo Listz, en un hombre que estaba asomado a un ventanal de la planta baja de un edificio. Era un loco, y al parecer profundo, que farfullaba y hacía gestos. Gigi, que acompañaba a Magris, trató de entenderle y, de alguna manera, responderle. Les sorprendió que en el impulso de dirigirse a ellos «existía la urgencia de decir algo y, por tanto, de tener algo que decir». En él, los viajeros vieron una piedra que había sido desechada pero que podría ser un rey disfrazado de mendigo, quizás «uno de los treinta y seis justos, desconocidos por el mundo, y que ignoran serlo, gracias a los cuales el mundo sigue existiendo.»

II. «Punto y aparte para Felipe Tongoy, el hombre más feo del mundo». Nada más llegar al aeropuerto de Santiago y bajar por la escalerilla del avión, Rosario Girondo se encontró con Tongoy. Escribe Enric de la Ville-Maat que Girondo, al ver por primera vez a Tongoy pensó rápidamente en Nosferatu, y sintió también la urgencia de decir algo, aunque calló porque consideraba «de mala educación decirle a alguien que acabas de conocer que se parece a Drácula». Pero Tongoy introdujo el tema con naturalidad, aceptando su propio autorretrato, sin falsificarlo, y añadiendo que una vez, con seis o siete años, su madre le dijo que sí, que «sólo en Chile» pero que feo, no dejaba de serlo.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Se escribe un cuento, se escribe despacio



Leo un cuento de Carver. Un día debería de escribir un cuento. Uno de esos breves de dos páginas o tres. Debería de proponerme escribir un cuento al año. Si lo hiciera, de aquí a diez años tendría diez cuentos, y veinte de aquí a veinte años. Escribiría un cuento sobre un tema corriente y así podría tener cuentos sobre cada tema corriente que se me ocurriera. Y ninguno tendría un final sorprendente. Todos tendrían finales corrientes. Y si en un cuento lloviera en otro no lo haría, para no repetirme.

I. «-Ahí tiene pan y mantequilla -le dije, bebiendo parte de mi copa-. Y ahora recemos.
El ciego inclinó la cabeza. Mi mujer me miró con la boca abierta.
-Roguemos para que el teléfono no suene y la comida no esté fría -dije.»   
Raymond Carver, “La catedral”

II. Hemingway imaginó que se podía omitir cualquier parte de un cuento a condición de saber muy bien lo que uno omitía. Esa parte omitida comunicaba más fuerza al relato y le daba al lector la sensación de que en el cuento había mucho más de lo que se había expuesto. «Bueno, pensé, así me salen los cuentos ahora, que nadie los entiende.»

III. “El gato bajo la lluvia” no es el mejor cuento jamás escrito. 

IV. El otro día se encontró con un vendedor en la calle. Vendía una licencia de armas de segunda mano. Estaba un poco arrugada y la foto de carnet algo borrosa. Comentó que el fotógrafo era mediocre pero que a él le valía porque así habría más personas que podrían comprársela: El mundo anda lleno de rostros desenfocados, me dijo.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Martín y boca de tigre




Martín salió de la casa con la intención de internarse en el bosque. La  última vez que lo hizo se encontró con un perro que le pareció medir tres metros. Desde entonces no volvió al bosque pensando que Boca de tigre estaría todavía allí, esperándole. Aunque esta vez no le faltaría decisión. Su enfado con Roncesvalles era superior al temor, y si el perro estaba y se servía de él para alimentarse lo daría por bien empleado. Esa sería su venganza: devorado por un perro tras ser descubierto intentando robar un trozo de queso y, en un segundo acto, condenar a Roncesvalles a portar, prendido en su pecho, la marca del lacre derretido en forma de “V” por allí donde se moviera a partir de ese momento.

A medida que caminaba, empezó a presentir que el perro no estaría allí para su cita. Que no estaría esperándole, agazapado detrás de algún arbusto, para abalanzarse sobre él y que posiblemente el animal que se le apareció en el bosque hubiera sido el perro de algún pastor extraviado del rebaño. Intentando recordar, en demérito del animal, incluso empezó a dudar de la altura del chucho y su semblante feroz. No podía evitar escuchar las risas de sus compañeros de tropelías cuando les explicaran la historia: “Martín engullido por un perro muerde-ovejas”. Una deshonra que ni tres vidas podrían desinfectar.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Cuando se escribe

 


Esta mañana he estado en un café clandestino. A veces voy a ese tipo de lugares a escribir. Sé que en ellos nada es lo que es, por eso me he acercado a una mujer que parecía ser una camarera y le he pedido, de manera muy críptica, un despertar, y entonces, al rato, me ha traído un café solo y un cruasán.


I. Fue Hrabal quien escribió que por las mañanas, a la hora del desayuno, no tomaba nada sólido porque su cerebro se llenaba de comida y no le surgían pensamientos chisporroteantes: «Sólo el café y los cigarros me despiertan a la vida tras una noche de insomnio, y todas lo son, tras esas mañanas en las que he perdido las ganas de vivir, de estar en el mundo, y todas son así.»


II. «Era un café simpático, caliente y limpio y amable, y colgué mi vieja gabardina a secar en la percha y puse el fatigado sombrero en la rejilla de encima de la banqueta, y pedí un café con leche. El camarero me lo trajo, me saqué del bolsillo de la chaqueta una libreta y un lápiz y me puse a escribir. Estaba escribiendo un cuento que pasaba allá en Michigan, y como el día era crudo y frío y resoplante, un día así hizo en mi cuento.» Ernest Hemingway, “París era una fiesta”


III. El cuarto en el que Hemingway escribía era pequeño. Tenía una chimenea que encendía con unas ramitas de pino. Era una habitación alquilada que sólo utilizaba para trabajar. Por las mañanas se subía mandarinas y castañas asadas en bolsas de papel y cuando un cuento no arrancaba, se sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina para ver el chisporroteo azulado producido por las gotas que caían sobre la llama. También miraba los tejados de París desde la ventana de su cuarto y pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas.»


viernes, 9 de noviembre de 2012

La estatuilla



 
El día que Roncesvalles trajo la estatuilla a casa, Martín se había instalado en el balcón. Había sacado una silla y desde allí, sentado, observaba como jugaban al balón otros chicos del barrio. También miraba como las palomas huían cuando la pelota rodaba hacia ellas. Sobre la mesa, Roncesvalles desenvolvió el paquete y la figura, de tres palmos de altura, quedó al descubierto. En la plaza los chicos que habían jugado a la pelota ahora lo hacían a las canicas. Desde el balcón no se veían bien las bolas pero sí los gestos de alegría y decepción. Roncesvalles canturreaba para atraer la atención de Martín pero sólo Siracusa, el mastín, alzó un poco la cabeza para ver que sucedía. La plaza se había quedado vacía. Martín se giró y miró la estatuilla. Roncesvalles adoptó, de forma cómica, la posición de la figura. Entonces el chico recordó el gesto que su madre le enseñó antes de ausentarse: “Así, Martín, siempre podrás reír sin reír.”

viernes, 2 de noviembre de 2012

El hombre del parche en el ojo, bajó por Villarroel




I. Hace unos años estuve cenando en ese local. Ahora ha desaparecido. El entorno es un paisaje cambiante y el paisaje de la Diagonal es un entorno mutable. Magris escribe que el barón von R. «viajaba por el mundo coleccionando panoramas y, cuando lo consideraba necesario para su placer o para crear un hermoso mirador, hacía talar árboles, desnudar ramas, aplanar las redondeces del terreno… abatir bosques enteros o demoler alquerías, si obstaculizaban la vista». Añade el triestino que la destrucción es una arquitectura, un arte de descomponer y recomponer, es decir, una manera de crear otro orden: «cuando una pared de hojarasca caía de repente, despejando las vistas sobre las ruinas de un castillo lejano a la luz del crepúsculo, el barón von R. se detenía algunos minutos para contemplar el espectáculo que él mismo había escenificado y luego se iba apresuradamente, para no regresar nunca más.»
Anoche, cuando caminaba por la Diagonal, volví a ver el local en el que años atrás había cenado. Ahora sus cristaleras abandonadas estaban cubiertas de papel de estraza. Durante unos minutos me paré a contemplar el espectáculo y, seguidamente, me apresuré a abandonar ese lugar al que no regresaré nunca más.


II. «De entre nosotros era el único que aún "seguía el mar". Lo peor que de él podía decirse era que no representaba a su clase. Era un marino, pero también un vagabundo, mientras que la mayoría de los marinos llevan, por así decirlo, una vida sedentaria. Sus espíritus permanecen en casa y puede decirse que su hogar —el barco— va siempre con ellos; así como su país, el mar.»    Joseph Conrad, “El corazón de las tinieblas”


III.  …para desaparecer también en ella. Seguí remontando la Diagonal. Al pasar por delante de un restaurante especializado en aves, uno de los camareros, con una vara, dirigía hacia el local a un pequeño rebaño de ocas. Desde fuera pude ver que el restaurante tenía un aire al París de los años veinte. Un cliente que salía, y que tenía un cierto parecido a Joyce, me dijo:” El Sena nace y desemboca en París. Así continuamente”. Tal vez el Joyce que abandonó el restaurante y bajó por Villarroel tuviera razón: transitar como el agua de un río; y nacer en París y desembocar allí mismo y como en “Finnegans Wake”, del mismo Joyce que hacía un momento había abandonado el restaurante y bajado por Villarroel, llegar a la última frase del párrafo y conectarla con la primera. El Sena es el único río que nace y discurre por una ciudad...

sábado, 27 de octubre de 2012

"El Coronel Chabert" de Honoré de Balzac




He extendido el mapa inventado de la literatura que estoy elaborando hasta los límites del Imperio Checo-literario, es decir, unas tres calles más allá de donde estoy hospedado. Después he bajado a almorzar. Cada mañana me encuentro con otro huésped, un hombre mayor que fue soldado y que baja al comedor con un sable envainado y abrochado a su cintura. Cuenta que llegó a coronel pero dejó de serlo cuando murió en la Batalla de Eylau, y que también fue Conde y ahora tampoco lo es porque, según comenta, estuvo enterrado bajo muertos y que ahora lo está entre vivos, «bajo actas, bajo hechos, bajo la sociedad entera, que se empeña en sepultarle.»

I. El viejo coronel me recuerda a Alois, el joven que saltó desde la ventana de mi habitación cuando era perseguido por la Gestapo. Ahora Alois me visita algunas noches con la única intención de recoger unos escritos que dejó escondidos en el cajón de la mesita. “Vengo a buscar mis escritos”. Eso comenta en voz baja, para no molestar en exceso. Y después, por la mañana, a las ocho, a la hora del almuerzo, me encuentro con Chabert que, mientras toma el café y unas tortas de maíz, me repite: «¿Hacen mal los muertos en volver?»
 
II. « Tan pronto como un hombre cae en manos de la justicia, deja de ser ya un ser moral, y es únicamente una cuestión de derecho o de hecho, de igual modo que a los ojos de los estadistas pasa a ser únicamente una cifra.»   Honoré de Balzac, “El Coronel Chabert”
 
III. Mientras acabo mi almuerzo observo el cráneo de Chabert. Es irregular como una piedra. Una enorme cicatriz recorre todo su hemisferio derecho hasta llegar a la ceja. Fue esa herida la que acabó con él. Entonces recordé a Zeus, y cómo aquejado de fuertes dolores de cabeza tras haberse comido a Metis, su amante, le pidió a Hefesto que le asestara con su hacha un golpe en la frente. Quería descubrir la causa del dolor. Y así fue como de un hachazo en su cráneo surgió Atenea, la diosa de la inteligencia y también de la guerra. Después subí a mi cuarto para escribir en mi dietario que aquella mañana había desayunado con el coronel Chabert y que, de su cráneo hendido, había surgido una diosa porque de una herida así, en lo único que se podía pensar, era que «por ahí había huido la inteligencia.»

lunes, 22 de octubre de 2012

Escriban despacio, dijo la mañana




Cogió la novela como si fuera la vida. El principio era excitante, por todo lo que iba a venir después y porque en el inicio de una novela predomina la imaginación del lector. De ahí hacia la mitad de la vida de la novela las expectativas crecían. Empezaba a conocer a los personajes, a las gentes que se iba cruzando por la calle y en el tren y a las sombras que tenía como vecinos. De ahí al final, la novela perdía fuerza. Siempre pensó que era porque ya había recorrido gran parte de ella y se le había hecho tan familiar que le aburría pero no era así. Cuando vio que a muchos les pasaba lo mismo empezó a pensar que era un problema de la novela, de la propia estructura de la vida. Y ahí era donde la novela dejaba de ser como la vida porque la novela ya buscaba un final, un final fascinante y que nadie hubiera pensado antes aunque los lectores, cuando llegan a él, intuyen ese colofón e intuyen, también, que toda novela tiene un fiasco y que la mayor parte de las veces ese fiasco se encuentra en el final y en las páginas que lo buscan.

 Cuando cogía un libro, antes de empezar a leerlo, pensaba en el final inesperado que le depararía. Un día, años atrás, había propuesto que las novelas se olvidaran del final, que no lo tuvieran, que acabaran abruptamente cuando unos de los personajes fuera caminando por la calle, por una de las calles de la eterna Roma con vistas al Tíber. Pero ese final cortante debía de llegar antes que el lector intuyera que la novela se encaminaba hacia un desenlace. A partir de ese momento el resto de las hojas que aparecieran en el libro, a modo de epílogo, serían meras notas o apuntes, el texto que aparece en los billetes de autobús romanos o la cuenta del almuerzo en una cafetería. Todo para dar sensación de continuidad y que no se previera, mientras se sostenía el libro en las manos que, cincuenta páginas antes de la última página, el escritor había decidido poner punto y final a la novela.

 Aquella mañana el gris de los adoquines se confundía con el color del cielo. Pensó que por la noche habían llovido adoquines y que siempre llueve lo que se necesita. Pasó por el mercado y en los puestos de frutas todas las mujeres le parecían Sofía Loren. Dejó atrás el caótico mercado y, dejándose llevar, tomó una de las calles que daban al Tíber.

viernes, 19 de octubre de 2012

"Quién soy yo" de Bohumil Hrabal




Anoche le pregunté a mi hostelera el camino para llegar a la taberna El Tigre de Oro. Antes de arrugar la frente me dijo que su marido podría ayudarme pero que murió, y que es en momentos como ese cuando más le echaba en falta. Su frente arrugada era un mapa de la ciudad y entonces recordé que Hrabal escribió que mentir era lo que  mejor hacía, inventarse situaciones que no había vivido, y que tal vez escribió sobre El Tigre de Oro aunque esa taberna no existiera, como yo escribo sobre Praga sin haber estado nunca en Praga y sin saber, siquiera, si alguien ha estado alguna vez allí.

I. «Y ya que leo mucho, cito muchas cosas, y ya que cito muchas cosas, olvido su fuente. De hecho soy un ladrón de cadáveres, un profanador de nobles sarcófagos. Ése es mi carácter, y en este campo soy un innovador y un experimentador, no hago más que permanecer al acecho para atisbar mi presa, entre escritores y pintores, muertos o vivos, para luego, como una zorra, barrer con la cola las huellas que conducen al lugar del crimen.»   “Quién soy yo” de Bohumil Hrabal

II. Fue afeitándome delante del espejo cuando descubrí mi nueva identidad checa. Quien veía en el espejo era yo pero no lo era o había dejado de serlo. Sé que el agua de algunas ciudades, al tomarla, o sólo al tocarla, se lleva lo que habías sido por el desagüe. De eso también escribe Hrabal en algunos párrafos de su libro, de los dobles de uno mismoY explica que Goethe vio acercarse una carroza y cuando se cruzó, era su carroza que ya volvía de Italia. Al encontrarse consigo mismo, anotó aquel encuentro insólito.Y mientras me veía en el espejo, me diagnostiqué que padecía de una nueva identidad, y que este hecho insólito también debía anotarlo en mi dietario y así lo hice.

martes, 16 de octubre de 2012

La gran crecida


 
 
Dada la sequía, los libros salieron a buscar ideas aunque en ello les fuera la vida.
 
Nota: Durante la crecida del Sena de 1910


viernes, 5 de octubre de 2012

Historias con Hemingway




Vuelvo a la terraza del Café. Si me atraen es por algo, me digo. No sé el motivo, ni importa. Inventé una profesión a la que me dedico: la de idear nombres para Cafés. Es una labor a la que me aplico con vehemencia. Cada Café tiene su nombre. A veces una chica se sienta en una mesa, justo delante de la mía, y entonces me imagino a Hemingway y pienso en París y en lo que estoy escribiendo y en las mesas con patas metálicas fijadas al suelo y es, en ese momento, cuando surge ese único nombre. Entonces pido otro café mientras la chica se levanta y se acerca a la barra a pagar. Y de ese modo, como Hemingway dejó escrito, sigo escribiendo.

Tengo un tío que es pescador. Pesca desde una roca. Cuando lanza el anzuelo parece que está cazando una mariposa, el gesto es parecido. A mí todos los peces me parecen el mismo, no los distingo. Lo mismo me pasa con muchas personas, no las distingo. Tampoco distingo el aroma que desprende la cocina cuando un pescado está siendo cocinado, parece que todos están condimentados con la misma salsa. El otro día cuando mi tío estaba pescando le dije que me recordaba a Hemingway: “Me recuerdas a Hem”, le dije. Entonces se subió el jersey de cuello alto hasta rozarlo con la barba. “Pescar es algo muy serio. No puedo pescar y escucharte al mismo tiempo. Si no distingues un pez serás incapaz de distinguir nunca a una persona. Si llevaras viniendo cincuenta años aquí, cada noche, a esta roca, sabrías de lo que te estoy hablando”.

«Una chica entró en el café y se sentó sola a una mesa junto a la ventana. Era muy linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal. La miré y me turbó y me puso muy caliente. Ojalá pudiera meterla en mi cuento, o meterla en alguna parte, pero se había situado como para vigilar la calle y la puerta, o sea que esperaba a alguien. De modo que seguí escribiendo.»     
Ernest Hemingway, “París era una fiesta”

jueves, 27 de septiembre de 2012

Praga, a las afueras de París (II)



Acabo de mirar por la ventana. Lo he hecho en silencio para no interrumpir el sueño de los otros huéspedes del hostal. Desde la ventana tengo una visión estupenda de los suburbios de Praga, a las afueras de París. Desde aquí he podido diseñar, en el mapa concentrado de la literatura que estoy elaborando, el trazado de una nueva calle: la calle Miroslav Hašek, que podría, con el tiempo, devenir en avenida.

I. Desde mi ventana puedo ver, como veía Luc, el personaje de Enric de la Ville-Maat, como al anochecer, siempre a la misma hora, se cierra, al otro lado de la calle, el ala de una ventana. Y como le sucede a Luc, me parece estar presenciando ese espectáculo único desde un palco privilegiado sintiendo como «en ese momento mágico alguien se envuelve en una capa y se dispone a salir de noche», y que quien se envuelve en esa capa no es alguien anodino sino «el vampiro de la casa de enfrente».

II. Mañana me levantaré temprano. Mi hostelera me ha dicho que el desayuno se sirve a las ocho y que a las ocho y media se deja de servir. Será un desayuno efímero. También me ha contado que en la habitación en la que estoy se alojó Alois Havel en la época del protectorado. Perseguido por la Gestapo, Alois, abrió la ventana en la que estoy apoyado, puso su mano en la cornisa y, antes de ser arrestado, brincó hacia el vacío de un salto, también efímero. Ahora estoy aquí apoyado en la jamba de la ventana, recordando a Alois y viendo París a lo lejos, a las afueras, y anotando en la agenda que, en el hostal, mañana, la comida se sirve a la una y que a la una y media se deja de servir.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Praga, a las afueras de París




En el diario novelado que sigo escribiendo he elaborado un mapa concentrado de la literatura que coincide casi exactamente con el de los mejores Cafés. En él aparecen varias ciudades, aunque predominan dos: París y Praga, que, casi sin fronteras, se unen en mi mapa inventado en un gran suburbio, por lo que puedo decir que en este momento me encuentro en Praga, a las afueras de París.

I. Mi hostelera me ha dicho que si he de salir, al volver, no haga ruido ya que los otros huéspedes tienen la costumbre de irse a dormir pronto y no sería conveniente molestarlos. Le he dicho que esta noche estaré solo, como la noche anterior y la anterior a esa y que así, de esa forma, mañana me despertaré «sobre una espalda dura, y en forma de caparazón» y que no saldré de mi habitación, que únicamente miraré por la ventana hacia «la tranquila pero central Charlottenstrasse» y que, por lo tanto, no se preocupe, ya que no suelo conversar en voz alta cuando estoy solo. Lo que no sabía es que esa conversación se iba a repetir constantemente durante la noche, aunque en voz baja. Esa interminable y repetitiva conversación me ha hecho pensar en la soledad, en las espaldas duras como caparazones y en la causa por la que no viajo acompañado a los lugares a los que, algún día, quisiera volver. Y así es como mirando por la ventana me he dicho, en voz baja, al estar solo, que viajar a un lugar con alguien querido me impediría volver a ese lugar cuando esa persona ya hubiera muerto, porque un lugar queda unido a la persona que te acompaña y la imagen de una calle es la imagen de esa persona caminando por esa calle. Por eso ahora en esta habitación, en este hostal, en esta maravillosa ciudad, estoy solo porque sé que así algún día aquí volveré.

II. Pronto viajaré a París que, en mi mapa imaginado, está a la vuelta de la esquina. Llegaré al atardecer a la rue des Lombards, una calle peatonal repleta de Cafés y mesas con patas forjadas en hierro. Siempre he pensado que la denostada rue des Lombards era una de esas zonas neutras sobre las que escribe Modiano en el Café Condé: «Había en París zonas intermedias, tierras de nadie en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o incluso en suspenso».  Y es por eso por lo que me alojaré en esa calle, porque es un lugar en las lindes de todo, un lugar que no pertenece a nada, casi en el abismo y, tal como recuerda Enric de la Ville-Maat refiriéndose a un escrito de Kafka, es un lugar que «está fuera de aquí» y por lo tanto «tal es mi meta»: una calle de París, a las afueras de Praga.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Teatro del revés



El otro día le propusieron a un conocido jugar un partido individual de tenis. Tan individual fue el partido que sólo él sería el jugador. No había pelotas ni red pero los aplausos eran constantes. Se enfrentó a sí mismo con resolución mientras pensaba si los periódicos publicarían la noticia del partido de tenis de salón en la sección de deportes o en la de teatro. Entretanto escuchaba los consejos de su entrenador: ”Échasela al revés”, y él así lo hacía. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

“Una soledad demasiado ruidosa” de Bohumil Hrabal

                                                                                               Foto de Anita Noire








Sigo escribiendo este diario novelado como también sigo leyendo “El Danubio” y, a su vez, mientras los capítulos de este libro van atravesando por los diferentes países de la cuenca del río centroeuropeo, también voy leyendo otros libros que son como afluentes del primero.

Escribe Magris que Kafka, en sus diarios, «recuerda que su nombre hebreo era Amshel, un nombre en el que expresaba la identidad humana que le era negada» para ser sólo Franz Kafka. Y en este diario novelado que aquí escribo recuerdo que mi nombre checo es Pavel, y que al escribir desde la terraza de este diminuto café de Praga siento, como explica Hrabal, que a mí también me gusta la caída del día, ya que «me parece el único momento en que puede pasar algo importante», incluso poder expresar la identidad checa que en algún momento me fue negada.

 
I. En la habitación de mi hostal he acabado de leer el libro “Una soledad demasiado ruidosa” de Bohumil Hrabal. El ruido que durante sus páginas escucha el personaje, Haňťa, es el ruido del cambio, el estridente sonido de las nuevas prensas de papel que lo engullen todo, hasta su forma de vida: «Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia… soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo»

II. Bohumil describe con crudeza el trabajo y también el cambio de los tiempos que se avecinan. Haňťa ha podido visitar las nuevas fábricas con sus operarios uniformados, su disciplina, su hacer por hacer y sabe que «comienza una nueva era con nuevas maneras de trabajar, con nueva gente que bebe leche, aunque todo el mundo sabe que las vacas prefieren morir de sed antes que tragar un solo sorbo de leche.»

III. Cuando he recogido la llave en recepción, la hostelera me ha preguntado si iba a salir esta noche a dar una vuelta. Al decirle que así lo haría ya que el anochecer es ese momento en el que puede pasar algo importante, me ha dicho que no cruzara a la otra orilla del Moldava. Sabía lo que quería decirme porque había leído ya el párrafo en el que ello se explica, aunque ni ella ni yo hemos encontrado las palabras para poder expresar que «en las cloacas del subsuelo de Praga se está llevando a cabo una terrible lucha a muerte, una gran guerra entre dos clanes de ratas de alcantarilla que habría de decidir cuál de ellos tiene derecho a todos los residuos y a todos los excrementos que fluyen por las alcantarillas hacia Podbaba». Aunque a mí no me preocupaba eso. Lo que sí temía era encontrarme con el ayudante del verdugo del que habla Haňťa y que, como a él, me ponga un puñal en el cuello y saque un trozo de papel y me lea un poema sobre los hermosos paisajes de los alrededores de Ríčany, y después me pida disculpas diciendo que ésa era la única forma de obligar a la gente a escuchar su poema. A eso sí que le tenía pavor.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Ideas sueltas...




Cada día un escritor de literatura invisible se hace visible. Hay escritores que contribuyen a ello dándolos a conocer en sus libros. La literatura invisible no tiene un mapa cerrado, cada lector tiene su propia literatura invisible, aquella literatura que le es desconocida. Cuando se produce la visibilidad se traslada la frontera aunque se sabe que nunca, en este tema, se llegará a la última frontera. 

 «Que si soy sueco, me pregunta el ayudante del barbero. ¿Americano? Tampoco. ¿Ruso? ¿Entonces qué? A estas preguntas teñidas de nacionalismo me gusta contestar con un silencio férreo, dejando en la incertidumbre a quienes indagan sobre mis sentimientos patrióticos. O bien miento y digo que soy danés. Hay sinceridades que sólo sirven para herirnos y aburrirnos» R.Walser

 Cada vez que nos habla parece preguntar alguna cosa. Ayer cuando llegó nos dijo: “¿Hola?”

Le hizo una pregunta y él respondió otra cosa. No esperaba una respuesta determinada pero sí coherente a pesar de su avanzada edad. Cuando le dijo que iban a ir a una gasolinera a jugar al escondite él respondió que creía que no se le olvidaba nada.
Por la noche lo bajaron del coche y lo dejaron tras el surtidor del Diesel. Miró su mochila y sacó una linterna. Sabía que no volverían pero en su macuto llevaba de todo.  

sábado, 1 de septiembre de 2012

Café del Deseo número cuatro



El otro día caminaba por la calle de Verdi. Podía haber escrito que paseaba por la calle de Verdi pero no era así, caminaba. Para quien no la conozca diré que la calle de Verdi es una calle estrecha; estrecha para lo que estamos acostumbrados, algo oscura por las noches, casi en una penumbra apacible que no molesta a los ojos y con una falsa tentativa de parecer peatonal.

No sé si alguien estará leyendo esto en estos momentos, o lo hará en cualquier otro momento, pero me gustaría decirle que lo que aquí estoy escribiendo no es un cuento. Quizás esta apelación la debería de haber hecho al principio de este escrito pero, en el momento de empezar a contar lo sucedido, no tenía la sensación que esta historia pudiera tener apariencia de relato.

Me había desplazado hasta allí en busca de un café que me habían recomendado: el Café del Deseo número cuatro. Cuando me dieron las señas no me atreví a preguntar si el número cuatro era el número de la calle de Verdi en el que se hallaba el café o, en cambio, formaba parte del nombre del local. Al llegar a la esquina con la calle de la Perla pregunté a una persona que pasaba por allí. Me referí al café como Café del Deseo, sin el número cuatro. “No me suena pero sube más, por allí hay muchos bares”, me dijo.

Otras veces me había pasado. Tenía la sensación que lo que realmente estaba buscando era una puerta falsa. Sé que en Barcelona las hay y que algún día me encontraría con una de ellas. Decían los egipcios que por las puertas falsas se colaban las deidades para transitar de un mundo hacia el otro. Pues bien, esa sensación de saber que lo que me encontraría sería una pared con la forma de una puerta esculpida iba ganando fuerza.

Mientras miraba calle arriba con semblante despistado, parado cerca de un quiosco, volví a encontrarme a la chica que me había indicado anteriormente. “El Café del Deseo, ¿no será una puerta falsa?”, pensé en preguntarle, aunque desistí para no parecerle un poco atolondrado y, en cambio, teatralicé la pose de estar leyendo la portada de un diario que se había quedado sin vender en el escaparate de la librería Torrent.

Como la única indicación que tenía era que debía de subir calle arriba, así lo hice. Buscaba un letrero grande en el que cupieran las cinco letras que andaba buscando: Café del Deseo número cuatro. Esperaba encontrarme allí una cristalera oscura. Debía de ser oscura para que no pudiera verse el interior. Sería así para mantener el misterio hasta el final: “Hasta que no se cruza la puerta no descubrirás que hay en lo profundo del Café”

Cerca de una panadería que estaba ya cerrando y delante de un restaurant pude, finalmente, ver el rótulo: "Café del Deseo", el desperfecto causado por una pedrada que había producido la rotura del plástico en medio de la palabra número y un cuatro en cifras: “Café del Deseo n   ero 4”. Lo había encontrado, aunque no en las condiciones que esperaba. El local estaba cerrado, y por la apariencia de dejadez, debía de estarlo desde hace ya algún tiempo. Volvió entonces esa impresión que había tenido de haber hallado una de las puertas falsas de Barcelona. Allí, justo frente a mí, al lado de una panadería y delante de un restaurant de comida del Kurdistán, una puerta falsa pasaba desapercibida para todos en una calle con la falsa tentativa de parecer peatonal y en una penumbra, casi apacible, que no molestaba a los ojos.

sábado, 25 de agosto de 2012

Le Café 10c la Tasse




Aunque a la señora Ravenais no le pareció bien, al final tuvo que aceptar: cedió el muro del café que daba a la rue Puget para que lo empapelaran con publicidad. Gran parte de los anuncios pertenecían al señor George Dufayel de les magasins Dufayel, un imperio del mueble. De esa manera, el “Café 10 Céntimos la Taza”, pudo seguir calentando la mañana, casi la madrugada, a los trabajadores que se dirigían a Les Halles a descargar los carros que llegaban desde Calais con pescado y dolores de espalda.


Nota: Mientras escribía este texto he buscado alguna información. El Café 10c la Tasse estaba situado entre la rue Lepic y la rue Puget. Ahora esa esquina es un Häagen-Dazs. Les magasins Dufayel fueron un imperio a principios del siglo XX. Después cayeron en desgracia y su edificio central fue adquirido por Banque National de París (BNP)

sábado, 11 de agosto de 2012

El verano del 31


Hace unos años conocí a Lucanor Rosenvinge. Lucanor era escritor y también culto. Un día hablando con su editor se propuso renunciar a todo. No quería publicidad, no quería presentaciones, no quería que se promocionaran reseñas sobre su obra, no quería que en la cubierta apareciera el símbolo de la esvástica y tampoco quiso que apareciera su nombre, prefería un pseudónimo. Esa fue su renuncia pero tras esa renuncia hubo una más: renunció a volver a escribir. Lucanor dejó de ser escritor. Hace poco volví a encontrármelo en un café. Ahora vive en la casa de un marqués arruinado que maldice constantemente a Azaña y no deja de hablar de los naranjos que se agriaron aquel verano del 31. Lucanor me dijo que era su cocinero y que se encargaba de cuidarlo y que a cambio de eso podía disponer de una habitación, de un cuarto de baño, de tres comidas al día y del derecho de uso de la biblioteca de la casa porque, a pesar de la ruina, el marqués insistía en vivir en una casa, que lo de los pisos era cosa de burgueses.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Del Danubio al Moldava




En el diario que trataré de novelar aquí, escribiré que hoy miércoles me he encontrado con Hasek en la estación. No me ha saludado. Caían cuatro gotas y seguramente no me ha saludado por ello: la gente no tiene ganas de saludar mientras llueve.

 I. Empecé a leer el libro “El Danubio” de Claudio Magris. Al buscar las fuentes del río, Magris subió a una cima y comprobó que unos charcos le mojaban los zapatos. Y siguió subiendo y vio que las fuentes del Danubio se hallaban en el cobertizo de una casa de piedra de la que descendía un canalón que recogía sus aguas de un grifo que no podía cerrarse jamás y, por lo tanto, las fuentes del Danubio se hallaban ahí, en ese canalón, y que, por ser coherentes, tal como Magris escribe, ese canalón era el Danubio y que si se cerraba el grifo que surtía de agua al canalón se secarían Bratislava, Budapest y también Viena. Supongo que una vez allí debió de tocar el agua que salía del grifo con su mano y que, por ser coherentes, en ese momento, él mismo era el Danubio.

II. Sin cerrar el libro de Magris, mantengo abierto el libro “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk” de Jaroslav Hasek por la página en la que Schwejk entra en la celda de una prisión de Praga. Allí se encuentra con cinco hombres sentados en una mesa y otro, de mediana edad, tumbado en una litera y manteniéndose separado como si el Danubio – tal vez el Moldava-  pasara entre ellos. Al preguntar Schwejk el motivo por el que estaban allí encarcelados, los cinco que estaban alrededor de la mesa contestaron que se hallaban allí por lo del archiduque Francisco Fernando de Austria y el atentado de Sarajevo que había tenido lugar esa misma mañana. Schwejk se sentó con los conspiradores porque él también había sido acusado por ello aunque, como los otros cinco, sólo por comentarios y chistes tabernarios sobre el emperador. «El sexto, el que se apartaba de los demás, dijo que no quería tener tratos con ellos para que no sospecharan de él, porque él sólo estaba allí por haber intentado robar y asesinar a un campesino de Holitz»

lunes, 30 de julio de 2012

"Trenes rigurosamente vigilados" de Bohumil Hrabal




Leo que las palomas badget de Nuremberg fueron estranguladas por el jefe de estación tras la ocupación alemana. Luego trajo otras polacas, con una cola azul preciosa. Y ahora escribo aquí, sin tratar de contar más de lo necesario. Pero voy en el tren, puedo decirlo, como cada mañana, y el libro que leo es “Trenes rigurosamente vigilados” de Hrabal Bohumil. Es el libro de la inocencia y del suicidio, del cañón del fusil y de la cuenca vacía y del ojo, «sólo que en lugar del ojo derecho había un agujero chamuscado como un monóculo azul».  

I.
Hace unos días leí, en la bestia social, una cita de uno de mis amigos anónimos. La cita pertenecía al libro de Bohumil. Después leí algo más sobre el libro y me propuse hacerme con él. Ya me he hecho con él. Mi amigo anónimo, del que no puedo dar más datos porque no recuerdo quien era, quizás lea este comentario y se manifieste o quizás no, tal vez no lo lea y yo lea el libro pensando que un día, al leer una cita, en la brumosa bestia social, me propuse hacerme con él y así lo hice. Ahora seguiré leyéndolo (ya que escribo a trozos mientras leo a trozos) y luego escribiré aquí otra cita que, tal vez, lleve a otro anónimo amigo a leer el libro de Bohumil, entrando en un bucle que algún día encontrará su final.

II.
Cuenta Milos, el personaje principal, que su abuelo ejercía de hipnotizador en circos pequeños. «Toda la ciudad veía en su hipnotismo el deseo de hacer el vago toda la vida.» Pero cuando los tanques alemanes se presentaron a las puertas de Praga, «únicamente el abuelo fue a hacerles frente a los alemanes como hipnotizador, a detener los tanques que avanzaban con la fuerza del pensamiento.» Y de verdad lo hizo, detuvo el primer tanque hasta que se dio la orden de volver a avanzar y el abuelo de Milos no se movió y dejó su vida bajo las cadenas. «A partir de entonces, la gente de toda la región solía discutir. Unos gritaban que nuestro abuelo era un loco, los otros, que no del todo, que si todos se hubieran enfrentado con los alemanes como el abuelo, con las armas en la mano, quién sabe cómo hubieran terminado los alemanes.»

La historia del libro es la historia de Milos y de una estación de trenes, de trenes de paso e historias de paso. Y explica Milos que la mujer del jefe de estación hacía manteles de ganchillo y «cuando hacía ganchillo, de sus dedos salían sin parar flores y pájaros». Pero también los viernes ajusticiaba conejos, cogía de la conejera uno de ellos y entonces «le ponía en el cuello un cuchillo poco afilado y le iba haciendo un corte al animalito, que emitía un pitido, un pitido que duraba mucho, hasta que al cabo de un rato su vocecita se hacía más débil, pero la mujer del jefe de estación lo miraba como si estuviera haciendo un mantel de ganchillo.»

Entonces he pensado en Camus cuando escribió sobre las atrocidades de la guerra: “Y quienes hicieron eso sabían ceder su asiento en el metro, al igual que Himmler, que hizo de la tortura una ciencia y un oficio, entraba de noche en su casa por la puerta de servicio, para no despertar a su canario favorito.”

Y seguidamente he pensado en los tiempos modernos. Y he pensado también en el interior de los despachos de los ministerios y de las oficinas de organismos internacionales, y en todos los manteles de ganchillo que se están tejiendo y de las flores y pájaros que salen de los dedos de los tejedores, y que alguno de esos pájaros podría ser el canario favorito de Himmler, y que el mundo está lleno de conejos a los que se les pone cada día un cuchillo poco afilado en el cuello y se les hace un corte y, entonces, los animalitos emiten un pitido aunque los que ocupan los despachos oficiales no dejan de mirarlos como si estuvieran haciendo un mantel de ganchillo.

III.
«-¿Así que se ha puesto a pintar una marina?
-El mar —dijo el maquinista mirando con ojos llenos de admiración al factor—, tengo una postal y amplío el mar.»

La ficción en la literatura o los ruidos de la mente. Bohumil trabajó como ferroviario y fue recopilando las historias que le sucedían en la estación. Después escribió este libro y lo hizo con un estilo sencillo, cargado de oraciones coordinadas, que por momentos recuerda a Hemingway y en otros momentos lleva a la inocencia de “Jakob von Gunten” de Walser. La literatura como el desarrollo de los juegos de la mente, como dibujar una marina a través de una postal, sin acercarse a la naturaleza, jugando con la mente a ampliar el mar.

sábado, 28 de julio de 2012

Ruidos, literatura y el árbol que murmura

Escribió Johann G. Herder sobre el lenguaje. Lo asociaba a la capacidad de reflexionar sobre una imagen. Decía que un árbol, en el origen, sería llamado el murmurante. Para él, el primer vocabulario estaría compuesto por todos los ruidos del mundo quedando así marcada la comunicación por el entorno natural. 

 Los ruidos del mundo como el origen del lenguaje me lleva al origen de la literatura como los ruidos de la mente. Leo, entre risas, que los escritores actuales ya no se baten en duelo ni se suicidan; es decir, en lo referente a los ruidos ya no hacen ruido y, en esa falta de ruido, abandonan lo que la literatura quiso ser y dejó de ser entre murmullos.

Del mal de Montano



Dejé atrás “El mal de Montano”. Lo coloqué en el anaquel en el que están ordenados todos sus libros. Tal vez sea esa estantería lo único que mantiene su propio orden en la habitación aunque su orden sea cambiante, ajeno a la inmutabilidad, alterado por criterios diversos consiguiendo, de esa forma, que cada día la estantería con sus libros parezca una nueva estantería con sus nuevos libros.

 Ayer me levanté y decidí organizar los libros de EVM (lo llamaré así, por su acrónimo, para evitar ser leído por EVM y que averigüe que por las noches, aquellas en las que me cuesta dormir, me levanto insomne, como un fantasma, a cambiar la disposición de sus libros en la estantería). Los organicé, esta vez, bajo una premisa clara: el grado de apego a la locura del personaje principal. 

 «Las cosas no marchan bien», me dije. No marchan bien cuando, con una sábana colgando de los hombros te encuentras aquí, de pie, delante de unos estantes repletos de libros que una vez leíste, o quizás no pero que de todas formas almacenas como si lo hubieras hecho, y empiezas a notar una cadena atada a tu tobillo y piensas que eso es lo normal, que es lo que sentiría cualquier fantasma a esas horas de la madrugada, lo que sentiría cualquier personaje de un libro de EVM que se dijera que «las cosas no marchan bien» y realmente no marcharan.

 Y dejo atrás “El mal de Montano” y continúo con su mal de otra forma. Lo hago con Hrabal Bohumil y sus “Trenes rigurosamente vigilados”. Y Hrabal me llevará, seguramente, a Joroslav Hasek y su libro “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk” y, siguiendo con la nueva modalidad de mi mal, me quedaré en Kafka y así podré llamar a esta etapa: “El mal de Praga”, que sin sonar bien: no suena mal.

sábado, 14 de julio de 2012

De castas y banderas


Siempre hay un día que se descubre una nueva casta. Así fue como hallé a “los contrastados”. Son personas que no diferenciaríamos de nosotros mismos, - acaba de surgirme y acabo de perder una frase acojonante. Quizás era sólo una idea, pero una idea acojonante. No tenía palabras concretas, salvo al principio, luego era como un borrón alargado, una chafarrinada, una metáfora del olvido cuando todavía no era olvido. No lograré recuperarla. Otras veces me ha pasado aunque en otras facetas, como cuando me planteo, sin papel ni lápiz, que he de hacer tal y cual cosa y cuando llego al quinto cometido no tengo más que una vaga idea de cuál era el segundo punto del inventario de acciones. Pienso en los lotófagos que comían flores de loto para olvidar. Olvidaban así, sin cribar, sin pasar por el cedazo. Todo desaparecería para empezar un nuevo día tras cada banquete, tras cada festín. Dejaban en el cajón no sólo angustias y problemas, también roles, banderas y patrias. Pienso en las aceras, somier de bebedores de malta que al despuntar el día ni se preguntarán qué les ha llevado a ese despertar. Pienso en la idea que huyó fugaz. Debía de ser buena, de no haberlo sido no habría brincado, seguramente, a la inspiración de alguien que justo en ese momento estaría también escribiendo o, tal vez,  incluso soñando - 

viernes, 6 de julio de 2012

A seis centímetros sobre el suelo


 
Cora era bella. A pocas lenguas se les escapaba hablar de ella. Las más bífidas se retorcían aseverando que de oficio tenía el arte de la buena vida y del placer ajeno. Cora taconeaba a seis centímetros sobre el suelo como si lo que se contaba en la Tierra no fuera con ella. Colgaba su alma en una percha cada mañana, sobre el grimorio que le entregó su abuela, para evitar así que se le arrugara durante el día.
Cora lucía un aspecto leonino que hacía mantenerse a los chacales a distancia. Las venas le sobresalían del cuello como arroyos desbordados. Algunas decían que lo hacía para provocar; el marketing de su negocio. Tenía los brazos esbeltos, el pelo afilado y el hígado del revés. En él encajaba los golpes más duros, las asechanzas más insidiosas y las copas más largas.

En casa la esperaban sus dos paladines: Tigris y Eufrates, dos felinos que habían visto demasiadas cosas y habían callado muchas más.

sábado, 30 de junio de 2012

Es por la Bora



“Es por la bora", dicen, y encuentran así justificación a algo que les afecta y forma parte de sus circunstancias. Así son todos esos vientos con nombre propio. Incluso cuando alguien empieza a cantar por la calle y a gritar mirando al este o cuando otro se acerca a una tendera que ni conoce y le dice algo al oído. “Es por la bora”, se dicen todos y todos lo entienden.

Volviendo a la cueva

Los días en la cueva son días de pocas historias. A la cueva se entra por las escaleras y se puede llegar hasta el fondo por el pasillo que hay entre las mesas. Prácticamente no hay luz solar. La que ilumina es una luz simulada. Las paredes son blancas y con el paso del día marchitan y aunque siguen siendo blancas parecen grises. A mí me lo parecen. Nunca he preguntado a los demás de qué color ven las paredes pero, si lo hiciese, seguro que me dirían que del color de las costillas de una ballena.

Los días en la cueva son días sin ideas. No sé a quién puede interesar que esos días no tengan ideas. Cuando sales de la cueva ya todo está oscuro para que, cuando al día siguiente vuelvas a estar dentro, creas que afuera todo está apagado y que es mejor algo de luz que la falta de ella. Con el tiempo se aprende a no pensar en ello: afuera todo está apagado, se piensa. 

Los días en la cueva son días que no cuentan. Pero sí cuentan. Eso lo veo después, cuando salgo. A veces cuando salgo vuelvo a entrar y a salir para ver si noto algo. Supongo que es en ese momento cuando debería notarlo pero no siempre es así. Hay veces que estando dentro creo estar fuera pero sin poder hacer las mismas cosas que hago fuera.




«Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo, fuera de sí.»  Marx, “Manuscritos económicos y filosóficos”

martes, 1 de mayo de 2012

Allá, en lo alto, no hay Quijotes ni amigo Sancho

  A veces, cuando el destino es azaroso y el viento parece que sopla de costado, me gusta caminar por los bordillos de las aceras. Tal vez porque en ellos veo una línea clara que poder seguir. Al llegar a las esquinas, en los cruces de las avenidas, mi vista se derrama por el suelo hasta desembocar en la acera del otro lado de la carretera. Un puente imaginario se despliega, sin arcadas ni arrogancia, sin pilotes ni algaradas, y se pliega tras cruzarlo sin dejar señal, memoria o rastro.

Cada pocos metros, cada pocos pasos, surge del suelo un pebetero cubierto de tierra, colillas, arenisca y agua, y de él una llama con forma arborescente que a cada chispazo desprende una hoja; la piso y la pisan y la pisamos los espantapájaros de brazos caídos que perturbamos la calle, mientras el viento, entre tímido y entrecortado, me golpea ahora de frente arrastrando pensamientos y recuerdos de los que me preceden. 

Sólo cuando una moto aparca sobre la línea que sigo, reacciono y levanto la cabeza. Allá a lo lejos, a lo alto, no veo molinos agresivos ni fantasmas de Don Quijote, no escucho el ladrido del galgo que atado a una farola ni pestañea buscando a su dueño, no veo al dueño que atado a una armadura compra el pan nuestro de cada día. Bostezo de atontamiento.

Cerca de L´ Illa, subiendo por Numancia, cedo con un pie a la tentación y bajo del bordillo, evitando así el mosaico de baldosas con sus petroglifos en forma de margarita de cuatro pétalos que florecen en el suelo. Me quiere, no me quiere, me quiere y al segundo no me quiere me acaba odiando de pura inquina.

El otro día, un día de lluvia, un día de perros con gabardina, ceñido al estrecho refugio que me otorgaba el balcón de un primer piso, con prisas y mirando al cielo, vi a un indigente, tumbado y a buen recaudo, con pausa, rascándose las costillas con una mano y con la otra sosteniéndose la nuca observando como corrían los viandantes y pensando, imagino,  cómo estos espantapájaros desmañados no saben ya ni mojarse.