jueves, 10 de agosto de 2017

Manifiesto mi incredulidad



Puedo empezar así: Soy turista. No soy poeta, soy de todo un poco. Doy muchos rodeos antes de llegar a algo concreto. Y después ya podría seguir con el actual rechazo al turismo, porque todo empezó así: con el rechazo al turista, a la persona. Recuerdo a gente de la calle decirlo: con tanto turista, Barcelona ya no es Barcelona. Molestaban. Así comenzó, en la calle. Luego ya salió todo lo demás: la precariedad, los barrios, los cupos. Ahora Turismofobia es la variante de izquierdas de la xenofobia. Porque a la derecha, concretamente estos extranjeros, no les molestan. Y ahora pienso qué haría si no pudiera salir de este país  al menos durante una semana; que en otros países me consideraran alguien a quien rechazar. Porque a mí me gustaría viajar siempre, continuamente. Llegar a un país y estar un tiempo; el tiempo suficiente para conocer los lugares y otras cosas, pero no para conocer su debate político. En ese momento cambiaría de país y volvería a repetir el proceso. Sería un poco como dice Pessoa: «Viajar. Perder países». Pero yo los perdería de verdad, porque ya habría conocido lo que querría conocer, y no volvería a ellos jamás. En el fondo yo quería escribir un manifiesto sobre otro tema pero he acabado escribiendo sobre este otro. Quería comenzar, porque es algo que tengo pendiente desde hace tiempo, escribiendo un manifiesto sobre el desamor que empezara indicando los tres puntos básicos de mi ideología: Dejar de querer, dejar de sentir; dejarlo.

sábado, 29 de julio de 2017

Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (II)



He llegado tarde a casa esta noche. Cuando llego tarde me cuesta dormir. He leído en un cuento de Lydia Davis que hay cosas muriéndose todo el tiempo. Luego he ido a la cocina, he abierto un armario y he visto varios recipientes con diferentes tipos de sal. Después he recordado, porque siempre relaciono ideas, que hay quien hace eso, que mete la sal en botecitos, como si tuviera en la repisa un trocito de mar muerto.

Por la mañana he cogido el tren. He estado pensando en mi vecina checa cuando anoche me dijo que a veces se siente en la periferia, alejada de todos. Pero que un día eligió la poesía y no el Moldava y todos sus ahogados. Luego he pensado en lo que escribe Quignard, que en la Roma antigua había un rito oscuro que consistía en el lanzamiento anual, por parte de las vestales, de los hombres de junco a las aguas del Tíber. Y que «los ahogados eran los más inquietantes de todos los muertos, ya que no se daba jamás con sus cuerpos y deshonraban poco a poco, y una tras otra, a las familias. Estas deshonras se iban sumando e infectaban la ciudad. El acceso a los infiernos estaba prohibido para la ciudad eterna». Y que, entonces, los antiguos romanos, para protegerse del rencor de los ahogados, ahogaban simulacros de hombres: los argei.

En el tren, de vuelta, ya al anochecer, he cerrado los ojos y me he hecho un rato el muerto. Otro pasajero se ha acercado a mí y me ha dicho que, por favor, reconsiderara mi arte. 

sábado, 4 de febrero de 2017

Lo que pasa mientras leo y miro hacia otro lado



Leo en un párrafo de Quignard: «Caía la noche». El dueño del bar se acercó al conmutador y todas las lámparas de las mesas se encendieron. «Una de ellas derramó de pronto una lluvia de oro sobre los cabellos de Suzanne». Nadie sabía que estaba ahí, en una esquina, «de ese modo descubrimos que lloraba». Entonces he pensado en uno de esos grafitis en los que desde el tren empecé a fijarme hace unos días. Se iban sucediendo durante el trayecto. Al día siguiente me pasó lo mismo. Pensé que ya siempre me iba a fijar en los grafitis, que no podría dejar de mirarlos. Luego ya lo dejé.

Leo en un párrafo de Eduardo Berti sobre Falk, que se dedicaba a remolcar grandes barcos, y que «tal vez a esto se reducía todo lazo humano que alcanzaba cierto compromiso: a remolcar y a dejarse remolcar». Mientras leía a Berti ha bajado mi vecina checa y me he dejado remolcar. Luego me ha dicho que tal vez la poesía es un sustitutivo: que leer a Baudelaire fuera como si te follara Baudelaire. Y que mientras oscurece hay tiempo para que algo suceda; que ella busca la emoción en todo, y que si sé de lo que me está hablando.